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por Equipo de Pastoral Juvenil
Aplicar el sistema preventivo a la educación de los jóvenes.
Don Bosco, en las buenas noches del 13 de febrero de 1865, denunciando con gran amargura los desórdenes de la casa, acabó dirigiéndose a los asistentes: “Dejad que me desahogue, que desahogue mi corazón con vosotros, ya que para vosotros jamás tengo secretos. Necesito desahogarme: si mucha culpa tienen los que obedecen, tampoco está libre el que manda. Si cada uno cumpliese su deber en la misión que tiene encomendada, no sucederían ciertos desórdenes. Cualquiera que tenga alguna autoridad en la Casa procure servirse de ella para la salvación de las almas” (MB 8,1.)
Como Don Bosco, nosotros experimentamos la dificultad de educar. En muchas ocasiones, observamos que el comportamiento no es el más adecuado o incluso incorrecto.
Lejos de anatematizar nada, vamos a poner a examen algunos de nuestros hábitos educativos que pueden porpiciar o permitir ciertos sucesos entre nuestros hijos.
1.- Falta de previsión (pensamiento consecuencial).
No hay que esperar a que ocurran los acontecimientos, los podemos intuir y prevenir. El carácter inquieto de los jóvenes, el conocimiento de las personas singulares, la repetición de acciones, pueden mejorar nuestro sentido de anticipación, podemos prevenir las consecuencias antes de que lleguen a suceder.
El sistema educativo salesiano es tajante al respecto: “evitar antes que reprimir o castigar. Recordemos que somos discípulos del gran maestro del “Sistema Preventivo”.
2.- La asistencia.
Otro error educativo según el método educativo salesiano es la no presencia continuada o incluso puntual de quien educa.
Para Don Bosco, la asistencia educativa tiene como requisito fundamental la continua presencia del educador. Nada más lejano del sistema educativo que nos legó Don Bosco que un lugar donde existan jóvenes con ausencia de educadores.
3.- La pasividad educativa.
Un tercer mal que puede estar presente en nuestra forma de educar es la falta de intervención educativa. Lo que no se corrige o premia a tiempo, pierde gran parte de su carga educativa. El cansancio, la acumulación de tareas o, por qué no decirlo, la desidia y la pereza, pueden causar una escasa o nula intervención educativa.
4.- Modelos inadecuados.
No podemos olvidar que algunos de nuestros comportamientos públicos no son precisamente modélicos. La asistencia salesiana se ha caracterizado siempre, tal y como decía Don Bosco, “de pocas palabras y muchos hechos”.
DOBLE FUNCIÓN DE LA ASISTENCIA SALESIANA.
En la obra de D. Pietro Braido, “El Sistema Educativo de Don Bosco”, encontramos un interesante planteamiento de la función de la asistencia salesiana.
Función protectora:
Aún a pesar de la visión optimista de los chicos que tenía Don Bosco, no rehusaba la idea realista de los límites de los mismos chicos.
Ejerciendo su responsabilidad de educador, sabía que las debilidades humanas traspasaban los umbrales de las casas salesianas. “Entraban chicos corrompidos, con falsas ideas en la cabeza, amigos de la juerga, poco preocupados por los asuntos religiosos, incapaces de atenerse a unas normas, gandules y tenidos por muy peligrosos”.
La asistencia trata de impedir el mal. Los asistentes, con su presencia, previenen todo desorden por mínimo que sea.
Función positiva:
El educador convive con os alumnos, participando en su vida, interesándose por sus problemas, tomando parte en sus conversaciones y en sus juegos e interviniendo positiva y eficazmente para rectificar ideas, corregir razonablemente valoraciones y juicios.
La asistencia salesiana emplea positivamente las energías juveniles con el fin de formarlo para que se prepare a afrontar las dificultades de la vida.
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